Túnel de Ogarrio
2.3 kilómetros perforados a través de la roca maciza. Es la entrada al pueblo y ya es una atracción en sí mismo: pocos destinos se alcanzan así.
El pueblo se recorre caminando en una mañana; los pueblos de la sierra piden un día entero a caballo o en todoterreno. Estos son los imprescindibles.
Qué ver
Todo se recorre caminando: el centro histórico es compacto y cada esquina guarda una pieza de su pasado minero.
2.3 kilómetros perforados a través de la roca maciza. Es la entrada al pueblo y ya es una atracción en sí mismo: pocos destinos se alcanzan así.
El templo principal aloja una imagen de San Francisco de Asís, muy venerada cada 4 de octubre por cientos de peregrinos que suben hasta el pueblo.
La casona que funcionó como Casa de Moneda de 1865 a 1866, a unos pasos de la Plaza Principal.
Su salón de cabildos fue levantado en el siglo XIX y conserva el aire solemne de la época de auge de la plata.
Con asientos labrados en piedra, evoca los teatros del mundo griego. Uno de los rincones más singulares del pueblo.
Los restos de la antigua Plaza de Toros y los frontones (o rebotes) son la postal perfecta para compartir: piedra desnuda con la sierra de fondo.
Alrededores
La aventura clásica: recorrer a caballo o en Willys (rentados en el pueblo) las brechas que conectan pequeñas localidades llenas de historia, leyenda y tradición.
Paisajes cubiertos de álamos, ideales para recorrer en bici de montaña.
Asiento de antiguas haciendas: sobreviven la Iglesia Mocha y los arcos del viejo acueducto.
Su mina de Santa Ana y la antigua torre con un reloj donado por Porfirio Díaz.
Joya del desierto, muy visitado por sus manantiales y huertos de aguacate.
Legendario pueblo minero con paisajes ideales para caminar y un centro recreativo con cabañas, temazcal y alberca de aguas termales.
El mayor núcleo poblacional del municipio. En antaño fue parador ferroviario de la ruta México–Estados Unidos. Desde aquí inicia el territorio sagrado de Wirikuta.